22.1.12

El corazón de un infractor

Forat miraba por la ventana del tren magnético; absorto en sus pensamientos y memorias. Miraba las colinas que rodeaban la ciudad de Novo Lightning y mientras se alejaban de la metropoli recordaba algunos sucesos aleatorios de su vida antes de convertirse en inexistente.

--¿En qué piensas rojo?-- Deelan preguntó

-- No es nada, solo admiro el paisaje natural. Es increíble pensar que esto es un continente flotante, la ciencia del hombre es realmente sorprendente. -- Forat respondió sin apartar la vista de la ventana.

Deelan sabía que los pensamientos del hombre que tenía frente a él no eran para nada sobre el paisaje y la ciencia, sin embargo respetaba su privacidad y no intentó indagar más allá de lo que Forat le permitía.

-- No te agradecí nunca que fueras a rescatarme de aquél hurnaes. Si no hubieras intervenido tal vez no estaría en este momento abordo de este tren.

-- Eso no es cierto Deelan. Yo solo intervine para terminar la batalla con más rapidez, tú sola eres capaz de vencer a mil hurnaes de las mismas caracteristicas, creeme, no intentó halagarte pues ya he sido testigo de tu fuerza.

Deelan sonrió con un poco de vergüenza, las palabras de Forat en efecto habían logrado halagarle aunque esa no fuera la intención.

15.1.12

No puedo culpar a nadie más

La fuerza del colosal hurnaes era inmensurable, imparable, increíble. Con grandes púas que sobresalían de su espalda y una cola que terminaba en un mazo de bola, el hurnaes con forma de dragón destruía todo a su paso. Las personas normales pensaban que se trataba de un ataque terrorista mas Deelan sabía que no era así.

--No puedo culpar a nadie más. La razón soy yo. Todo lo que esta sucediendo lo he causado yo -- Deelan pensó

El dragón hurnaes arremetía con ira y odio en contra de la ojiverde, con cada zarpazo de sus garras intentando destruirla. Deelan evitaba cada uno de los ataques de su agresor. Cuando el dragón atacaba con su cola Deelan saltaba alto, cuando lanzaba fuego se escudaba tras de automóviles, sin embargo la batalla era eficiente para uno solo y por desgracia ese era el hurnaes.

Pronto se halló acorralada en medio de un callejón donde la única salida era enfrentar a la bestia pero ¿Qué podía hacer Deelan contra el poderoso dragón cuando ni siquiera era capaz de invocar su arma?

--Me lo dijiste mil veces, no se como lo pude olvidar. Nuestra fuerza radica en la mente, la concentración es la manera de dominar los impulsos y enfocar nuestro verdadero poder. Tengo miedo, por eso me es imposible concentrarme, por eso sé que moriré, si tan solo no te hubieses marchado.

8.1.12

¿Acaso tú me escuchas? ¿Acaso tú me ves?

Sovereign

--Inexistente, ahora eres una inexistente-- Forat comentó a Deelan -- Esa es la razón por la que nadie te ve, nadie te escucha y nadie te recuerda.


-- ¿Pero por qué yo no recuerdo mi pasado? -- preguntó la ojiverde.


-- Como inexistentes tenemos algunas peculiaridades. Nuestra cuerpo se aferra a este mundo, aún sin un alma, con tan solo el poder de nuestra mente pero claro no es capaz de conservar nuestras memorias. Lo único que retenemos es aquel sentimiento que nos obligó a permanecer en esta vida.


Deelan miró al suelo y soltó un triste suspiro. No sabía cómo se convirtió en una inexistente, ni siquiera sabía el motivo por el cual seguía en la tierra. Era más que evidente que se encontraba confundida y desmotivada. Forat, siendo un héroe intentó apoyar a la chica, en un puño tomó unas rocas y comenzó a lanzarlas una a una en el lago donde se encontraban.


-- "Infinito es en misterio el deseo de la Diosa, anhelamos con devoción el don de la vida y rehuimos al destino inevitable que se nos ha impuesto, el alma errante no conoce descanso."-- Forat exclamó


Con una pequeña sonrisa Deelan reconoció el extracto del poema que recitaba Forat, de alguna forma le animó. Sabía que las bellas palabras escritas por Genesis hablaban sobre el hombre y su destino, sobre la ignorancia que tenemos sobre el mismo. La ojiverde se sintió un poco menos perdida.


A lo lejos se escucharon unas risas, no de las amables que se comparten entre amigos sino de las hirientes que solo nuestros enemigos disfrutan. Deelan y Forat corrieron al origen del sonido, encontraron una niña llorando cerca de una árbol, enfrente un grupo de niños, no mayores a 13 años, todos señalando y burlándose de la pobre e indefensa señorita.


Deelan intentó aplacar las burlas de los niños pero nadie le escuchó. Terminaron por marcharse por su cuenta una vez que se habían aburrido de burlase de la niña. La ojiverde se sintió impotente, no había podido ayudar a la pequeña mujercita, una vez más su nueva condición la hacía a un lado, la volvía invisible.


--Los niños jamás paran, ni siquiera si los adultos se lo piden pero muchas gracias de todos modos señorita. -- La pequeña niña entre sollozos dijo a Deelan.

1.1.12

Si tú me olvidas

Si de pronto me olvidas, 
no me busques que ya te habré olvidado

Forat era un joven especial, no solo por su capacidad de convocar llamas y espadas aparentemente de la nada, si no por su condición ante los ojos del mundo.

Nadie podía verle, nadie excepto Deelan. Ella era especial, sus ojos emanaban la magia necesaria para ver lo que otros omitían, los secretos ocultos del universo. Era esta misma habilidad la que atraía a los hurnaes, las feroces bestias que le habían acechado los pasados días.

Apesar de ser su salvador, Deelan no confiaba en Forat para nada, un hombre invisible no podía ser signo positivo. Ella se sentía incómoda cerca de él, con una perpetua sensación de locura inminente ¿Acaso era real lo que veía? Tal vez estaba desmayada y pronto despertaría nuevamente en aquella enfermería universitaria.

Fuera lo que fuera decidió aprovecharlo. Ahora que lo miraba de cerca, el joven parecía menos amenazador que en sus previas apariciones, con su tez sutilmente morena y con cabello oscuro, puntiagudo y desordenado.  Un par de ojos miel atenuaban la enorme cicatriz que atravesaba su ojo derecho. Aunque era delgado su estatura era superior a la de Deelan, el hombre no era un Dios encarnado pero existía algo, un aura que le rodeaba que lo volvía atractivo.